Aunque algunos opinen que tener un automóvil es un lujo, yo lo considero una herramienta de trabajo e incluso de estudio. También lo considero parte de un status mínimo que uno debe conservar cuando va ascendiendo en la vida. Parecido a comprar una casa, inscribirse en un club o frecuentar ciertos sitios novedosos. Pero así como todo lo mencionado, no debería significar, desde luego, una complicación financiera… debe hacerse en un momento apropiado, como toda inversión seria y planificada.
De no ser por mi primo Iván, quien propuso sacar a su nombre un crédito para poder comprarme un auto, seguro me hubiera sido muy difícil llevar los postgrados que a la fecha he desarrollado (entre otras cosas por supuesto). Tan sólo pensar en salir del trabajo día a día con la hora ajustada, teniendo que tomar taxi desde muy lejos a cada tanto, o tener que soportar cada inconducta de choferes y cobradores de combi me produce arcadas. Así venía siendo hasta setiembre de 2008, cuando mi firme desición, mi aversión por el transporte público, mis siempre ordenadas aunque poco holgadas finanzas y la ya mencionada participación precisa de mi primo me significaron el Chery S21 (un auto chino desconocido pero rendidor) que vengo usando a diario. Sabía, en ese entonces, que iba a estar en obra (por mi formación en ing. civil) durante los próximos años. Ello implicaba someter a mi futuro auto a condiciones difíciles (polvo, tráfico, zonas lejanas e inseguras), y por eso me animé por un modelo económico, que no me de pena ”maltratar” un poco, y que tenga un buen espacio interior para llevar a la familia. Todo bien… hasta ahora.
Concuerdo cuando señalan que el problema de la inseguridad en la capital no es sólo la de los adultos que integran bandas organizadas para delinquir como medio de vida. También se debe tener en cuenta a la juventud, y niñez, que llegan al mundo en medio de familias disfuncionales y que se forman en medio de un entorno caótico… crecen junto al crimen como un deporte que luego aflora de maner natural. No hay elección, es la vida que les toca vivir, ajena al respeto por la gente o la propiedad privada. Cuando están en grupo su instinto violento se agudiza incluso. Peor aún cuando notan al presencia de la autoridad o de un bando contrario a sus “ideas” (que no son más que la presencia compartida en el barrio, una hinchada rival, el colegio vecino, el que enamora a la hermana, etc). Y en medio de ello estamos nosotros, quienes solemos sufrir impotentes e indignados las consecuencias.
Un parabrisas siniestrado por un grupo de desadaptados que huían de la policía en plena avenida Alfonso Ugarte, viernes a las 7pm, me va a obligar a viajar en transporte público durante 10 días cuando menos (porque, como resulta más seguro, debo reponerlo con un parabrisas original. Además, no se ingresan autos al taller sabados ni domingos, menos aún el lunes que es feriado). Eso, además, de los 150 dólares que costará la reparación, una clase de postgrado perdida y el susto por lo que pudo haber significado un daño personal que felizmente no es (tuve suerte después de todo)… y con lo que me gusta ir en combi !!.
Ya lo hice, en realidad, ayer sábado, puesto que tuve que asistir a la recuperación de una clase de postgrado, además de efectuar algunas compras personales. Cada viaje que he tenido que realizar me recordó los motivos por los que compré el auto. Manejar en Lima es de osados, y uno lo puede comprobar al volante o de a pie. La falta de respeto hacia el peatón está generalizada como “principio fundamental”… ya no hay por donde caminar. La desesperación por avanzar hace que los conductores invadan aceras, vías para ciclistas, estacionamientos, rampas, etc. La peor cuota de caos la imponen las combis (amén de lo incómodo que resulta viajar en un espacio tan reducido). Por su tamaño no les es difícil maniobrar como señalé. Eso se suma a que en cada semáforo es común verlos con medio vehículo sobre la línea de parada (algunos incluso distribuyen todo su volumen sobre el crucero peatonal, llamada también “cebra”). Cerrar el paso es moneda corriente, y dar el vuelto (acelerar para alcanzar y cerrar al “agresor”) también. Los buses y camiones no escapan a ello. “Aprovechan” sus notorias dimensiones para sembrar miedo y obtener preferencia. Y los taxis… ay los taxis !!!. En resumen, las calles son una selva en donde todos luchan (luchamos) para sobrevivir.
La novedosa norma que incluirá multas a los malos peatones me parecía una medida necesaria desde hace tiempo. Pero la fiscalización a quienes usan a diario, caminando, veredas y calzadas debería ir acompañada por una supervisión de proporciones parecidas hacia los conductores, pues sus temerarias acciones nos obligan (lamento incluirme), a veces, a olvidar la educación vial y “fluir” como se pueda. Así pues, estamos mal conductores, peatones y autoridades. Urge una “terapia” conjunta para recuperar la ética, que no es otra cosa que hacer lo que plazca con respeto a las normas y a los demás.
Visto el panorama, me parece, aún así, que la cosa va a mejorar pues noto una mayor predisposición de todos los actores, ya sea por el “roche” de ser detectados o por un genuino autoconvencimiento. El Metropolitano ha costado millones y no sorprendería que haya significado el engrosamiento de algunas cuentas bancarias personales… se investigará en su momento. Pero no deja de significar un aporte. Cada vez son más los colegas y familiares de quienes escucho las bondades del servicio. Aunque, claro, una golondrina no hace el verano. Sea como sea, no se puede perder la fe en la gente… recordemos que la esperanza es lo último que se deja de lado. Confío en poder comprobar ese cambio de actitud en breve, más aún sabiendo que me sobrarán ocasiones para hacerlo como espectador privilegiado desde la ventana de una custer o combi… tal vez el parabrisas a pedacitos no sea producto de un “pirañón” del Cercado de Lima, tal vez es obra de Dios que me pide pisar tierra con un baño de realidad, y una forma de renovar mi esperanza de un futuro mejor, “acompañado”, eso si, de 150 dólares menos en cómodas 36 cuotas.