Varias semanas atrás, Omar (sí, mi ex – jefe de COSAPI) se había comunicado conmigo para integrarme como analista de calidad a su cargo (hacía un año que GyM lo había incorporado como Jefe del Área de Calidad). Ese 1er intento acabó mal (incluso me lastimé la rodilla en una actividad de apoyo poco después de navidad) y opté por no tomar la posición ofrecida (salí de la oficina de Omar diciéndole “la próxima vez llámame para algo en serio”). Promediando febrero (estaba convaleciendo de la rodilla) su número apareció en mi pantalla del celular lo cual me extrañaba… ya eran varias semanas que no nos habíamos comunicado. Luego de los saludos de cortesía me explicó que necesitaban una persona de mi perfil para liderar el área de calidad en uno de sus proyectos en provincia. Las condiciones (régimen, destaque) eran inmejorables para la realidad nacional. Yo había planificado pasar mayor tiempo con mi nueva familia ante los cambios por los que estábamos pasando y dudé, pero aun así accedí cuando me pidió “permiso” para enviar mi CV a la gerencia de proyecto a fin de ser evaluado. Además, cualquier otra opción del mismo calibre me obligaba a salir de donde vivía. No encontré, por esos días, ofertas mejores. Y la opción se concretó: Omar me volvió a llamar algunos días después para comunicarme que mi CV había sido aprobado y necesitaba formalizar mi incorporación a GyM, para el rol de Superintendente QAQC (Aseguramiento y Control de la Calidad). Acepté y el proceso de contratación fue bastante rápido, no guardaba ningún rencor ni similar por la mala experiencia anterior.
Estuve los 1ros días de Abril en Lima conociendo la empresa, el área y a los nuevos colegas (que serían analistas de mi proyecto) y luego todo fue ir y venir: pasaba 14 días en el proyecto pero tenía 01 semana entera para viajar a casa, con mi familia (felizmente la empresa lo pagaba). El área que manejaba era inmensa: llegué a tener 24 personas a cargo, entre ambos turnos en que subdividimos al personal. El proyecto (según dijeron en la inducción, “el más importante en la historia de GyM”) trataba de la construcción de una nueva ciudad para asentar diversas comunidades, dado que se encontraban sobre una concesión minera a cargo de Xstrata Copper (resultaría ser el proyecto minero Las Bambas). Fue algo desgastante pasar más tiempo del debido tratando de encontrar personal idóneo para incorporarlo a mi área, pero el entusiasmo se mantenía pese a que sufrimos una hollywoodesca evacuación en Mayo cuando las comunidades se levantaron en huelga, en contra de la minera (esa paralización duró 01 mes, en que proseguí trabajando en la oficina principal en Lima). Cada vez mi equipo era más grande y más unido (por lo menos los que compartían turno conmigo)… se trataba de brindar calor de hogar porque las condiciones eran difíciles y no quería darles un motivo más para que piensen en dejar el proyecto (el cliente, además, era súper exigente y no habían faltado los roces conmigo y con mi personal). Programábamos con regularidad cenas grupales en el mejor restaurante del pueblo (sobre todo para festejar los cumpleaños y los feriados importantes). También introdujimos los memorables partidos de fulbito con otras áreas (y con obreros). Al principio la altura nos jugó varias malas pasadas pero llegamos a aclimatarnos y nos volvimos un equipo de temer (la estrategia era: 01 arquero, 04 defensores que casi nunca pasaran la media cancha, para contener cualquier intento rival, y yo solito arriba para pescar todos los pases largos y rebotes y embocarla… nos resultó y por esa “gracia” me pusieron de apodo Checho, como ya había sucedido en mis pichangas en el Puente con COSAPI 01 año atrás). Sentía que de verdad éramos un equipo en toda la dimensión de la palabra. Intenté ser de todo, menos un “jefe”, y mis dirigidos me retribuían con esfuerzo, honestidad y lealtad.
Y así pasaban los meses y yo como Superintendente me sentía cada vez más afiatado, mi equipo estaba ya casi completo y todos sabían perfectamente lo que tenían que hacer. Pero el gerente de proyecto (que había aprobado mi incorporación en Marzo) tuvo que ser removido a pedido del cliente (nunca llegaron a hacer “click”) pese a la lucha férrea que desde Lima los directivos de la empresa hicieron. Entró un nuevo gerente de proyecto y aunque las razones nunca quedaron del todo claras, me comunicó pocas semanas después de incorporarse que yo debía ser también removido (sin mediar ninguna carta de queja del cliente o notificación de RRHH por bajo desempeño, no habían motivos) y para ello ya había elegido a mi sucesor, con quien debería pasar por un período de traslape y luego quedar a la expectativa en Lima. Por supuesto no me pareció. Bajé a Lima por días de descanso justo al día siguiente de recibida la novedad y comuniqué, desde ahí, que no regresaría (no me interesó el susodicho traslape), no estaba dispuesto a formar parte de lo que consideraba una afrenta (a Omar le dije “payasada”). Había pasado 08 meses aceptablemente en la Obra como Superintendente y ahora me tocaba pasar el último mes del año 2011 apoyando en actividades diversas en la oficina principal, como “buffer” (eso lastimaba mi orgullo terriblemente). Desde luego el entusiasmo no era el mismo pero aun así ponía todo mi empeño en cuanto apoyo me solicitaban (algunas cosas eran bastante básicas para mí, pero igual). No había ningún proyecto de interesante envergadura en que yo pudiera incorporarme prontamente como jefe de calidad o superior (no podía aceptar algo menor), así que era cuestión de tiempo que se presentará alguna buena opción fuera de la empresa para renunciar… como finalmente sucedió.
Poco antes de salir del Proyecto, una organización educativa especializada en programas de postgrado en Ingeniería se había ubicado a través de la web (siempre he considerado que las redes sociales deben ayudar a mostrar tus virtudes, no sólo a acumular “amigos”). Me enviaron un correo proponiéndome unirme a ellos a partir del verano venidero para participar como docente de un nuevo programa que acababan de idear: Gerencia de Calidad en Proyectos de Construcción. Regresar a la docencia siempre había sido otro de mis grandes objetivos (es algo que haría incluso gratis) y qué mejor que en un nivel de postgrado. Nos reunimos una sola vez y el acuerdo fue inmediato… debería iniciar el dictado del programa (36 horas divididas en 10 sesiones) hacia fines de enero 2012. Lo tomé como un acto de justicia divina y desagravio por el mal rato que poco antes había pasado al comunicarme mi remoción. Por tanto, mi ánimo estaba a tope como para recibir las fiestas de navidad y año nuevo, esperanzado en un futuro inmediato mucho mejor.
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Uno de mis ex – jefes (tengo tantos que en verdad no recuerdo cuál de ellos, no es broma) me dijo poco antes de una de mis tantas salidas que yo era como una estrella fugaz porque “vienes de improviso, brillas intensamente durante un corto período y, cuando nadie se lo espera, te vas”. Yo estoy convencido que no se trata necesariamente de una actitud deliberada o una falta de compromiso sino que las circunstancias han contribuido a que en poco menos de 06 años ya haya pasado por 08 trabajos (y ahora estoy en el 9no). Yo, a algunos, podría parecerles como el “eterno insatisfecho” o algo incluso peor pero mi conciencia se mantiene tranquila sabiendo que, cuando menos, nunca tuve que recurrir a acciones vedadas para “salirme con la mía”. Además, cada cambio ha sido para mejorar mis condiciones anteriores (y no me refiero sólo al sueldo) y para entender diversas culturas organizacionales, de lo cual uno se enriquece bastante. También he ampliado mi red de contactos porque siempre he sido transparente y directo y hay mucha gente que confía en mí precisamente por esa forma de actuar. Alguna vez me dijeron que mi CV (por mostrar tantos puestos ocupados en tan poco tiempo) genera incertidumbre en el mercado, pero yo creo que eso es para los empleadores que te pintan Picasso y luego te brindan un graffiti barato. Uno debe mostrarse tal cual es y las empresas también… no es justo cuando tú pones todo el empeño posible y luego te juegan mal. Yo me encuentro en una lucha permanente por “educar” a las empresas a que traten mejor a sus colaboradores, sin engaños, sin abusos, sin falsas expectativas con el mero afán de retener al talento. Y también para que los colaboradores sean honestos y no le saquen la vuelta a su empleador ante el 1er canto de sirena, menos aun cuando tu posición resulta muy difícil de cubrir y no les has dado tiempo para nada.
Ahora me encuentro como Jefe del Sistema Integrado de Gestión en una unidad minera cerca a Lima, en lo que ha significado un cambio de rumbo tremendo (he dejado, insisto que temporalmente, la Calidad para Construcción, que tan infinitas satisfacciones me ha deparado, para unirme a la Seguridad para Minería). Algunos opinaron que era un disparate de mi parte salir de un business en que tan bien me ha ido para virar hacia algo tan distinto y complejo, pero me siento contento y con las ganas a tope. Además, desde adentro uno puede verificar que no son aspectos tan diametralmente distintos como parecen: ambos se basan en la mejora continua, en ambos se tiene que planificar debidamente para luego aplicar lo planeado, en ambos se trata de cumplir con los requisitos y evitar situaciones anormales (también conocidas como “de emergencia”). A mí me parece más bien haber dejado un ceviche de jurel por un tiradito de lenguado.
Claro que la experiencia me dicta que no necesariamente voy a fijar anclas en este puerto. La vida me ha enseñado que el aspecto laboral es un ir y venir permanente y que lo importante no es el tiempo que pasas en un sitio sino en dar todo de uno en todos los sitios en donde nos encontremos, y ser honestos con nosotros mismos y con nuestros “clientes internos” cuando nuestros objetivos y los de la empresa ya no encajen y haya que tomar rumbos distintos. Es eso lo que he tratado de hacer siempre en cuanta galaxia me haya tocado viajar cual si fuera una estrella… algunas veces de manera fugaz y algunas no tanto.
***** FIN *****
(…al menos por ahora)