Habiendo dejado atrás (duramente) mi etapa Pitagorina, me concentré en explorar posibilidades para practicar en mi carrera. Tener cursos pendientes en la universidad me dificultaba todo, pero aún así tenía que buscar. El nuevo ciclo había comenzado y en una de mis 1ras semanas me encontré en los pasillos de la facultad con un amigo que había egresado medio año antes y estaba practicando en una empresa concretera líder del mercado. Me comentó que andaban buscando practicantes para Lima y me animó a enviar mi CV. Así lo hice pero no recibí novedades hasta fines de agosto cuando me llamaron del área de Control de Calidad para una entrevista con el Jefe. Resultó que, en su momento, dicho Jefe también había sido docente de matemática en academia y esa coincidencia facilitó, una vez más, que congeniáramos rápidamente y pueda acceder a la 2da y última entrevista con el Superintendente de Plantas. Aunque me descuadró cuando me preguntó si sabía correr porque días antes había muerto un obrero en una balacera en la planta a la cual me estaba destinando, no mostré mayores temores y resulté admitido restando sólo gestionar la documentación necesaria para iniciar. Esta demoró un poco (típica burocracia de universidad estatal) pero para la quincena de setiembre ya la tenía lista y así pude ingresar como practicante destacado a una planta de producción ubicada en el distrito de San Martín de Porres (llamada Planta Tomás Valle pues quedaba en esa avenida).
Yo creí que la cercanía con mi universidad me facilitaría las cosas pero no fue así: mi responsabilidad era asistir al Jefe de Planta a tiempo completo (eso era de 8am a 8pm mínimo) de lunes a sábado e incluso domingos y/o feriados en que hubiera producción (y, para colmo, hubo producción en los 03 feriados calendarios durante mi estadía en dicha planta). La rutina era rigurosa pero nunca me fastidió pues estaba por fin ligado a mi carrera, en una empresa grande y seria, y estaba aprendiendo bastante. Mi 1er jefe directo fue Fernando Paniagua, a quien reconozco como uno de los 02 mentores que tengo en la vida (el otro es Omar Samaniego), pues me ilustró clarito que la vida no era sólo desde La Molina hasta el Jockey Plaza, y que la base de todo es la actitud que muestras ante los jefes, colegas y/o subordinados. Aprendía tanto (incluso de los conductores, técnicos y operadores) que no me molestaba trabajar domingos y/o feriados (creo que, incluso, era un placer).
Me sentía contento y cada vez más seguro (¿suena conocido?) pero, como nada es para siempre, fui transferido a otra planta (más grande, ubicada en El Agustino) a principios de diciembre pues se habían quedado sin asistente (había ingresado junto a mí pero no le habían renovado). No entendía por qué éramos 02 en esa nueva planta (también habían destacado a otro practicante), pero llegamos a algunos “acuerdos” para no estorbarnos entre nosotros y colaborar mutuamente (yo sabía más de operaciones y él sabía más de calidad). El cambio era de por sí inmenso (una planta con el doble de producción que la anterior) y no terminaba de acomodarme (ni una semana entera) cuando se me comunicó el notición: Planta San Juan (la planta más importante de toda la empresa y donde están ubicadas también las oficinas administrativas y los talleres de mantenimiento) se estaba por quedar sin practicante (pues este se había titulado y estaba siendo contratado por otra empresa) y alguien debía asumir esa responsabilidad. La “bomba”, entonces, recayó en mí.
El traslape fue rápido, apenas 02 días (01 semana antes de navidad). Y así, sin darme cuenta, había subido 02 veces de “categoría” en menos de 10 días. Ya en San Juan la cosa fue diferente: habían 25 choferes, 02 plantas de producción, 04 técnicos y todas las demás áreas de la empresa que llamaban a mi jefe todo el día (por celular y fijo), incluyendo gerentes y superintendentes. Además, en esa planta se capacitaba a los nuevos choferes y técnicos, se recibían visitas diversas, se coordinaba con el área de bombas y programación, se hacían demostraciones de shot-crete y nuevos productos, etc. El ritmo era casi cardiaco y había que dar la talla. Además, todos los sábados se daban charlas al personal a las 06:30am, a las cuales yo debía asistir necesariamente (y muchas veces las dirigí, sin presencia de mi jefe).
Yo seguía aprendiendo semana a semana, mes a mes, pero veía con preocupación que todos los practicantes más antiguos que yo recibían la oportunidad de ser contratados ya como jefes de planta mientras que yo permanecía postergado. Definitivamente el no tener los cursos culminados influía pero sentía que no sólo era eso. Esa situación provoco que mi actitud no fuera la misma de siempre e incluso me llevó a tener más de un “encontrón” con el Jefe (su permanente mal carácter y su ínfimo respaldo tampoco ayudaban mucho). Hacia principios de octubre ya había pensado seriamente en dejar la empresa (o por lo menos pedir un cambio de planta) pero la cosa fue distinta: mi Jefe fue súbitamente cambiado de planta, lo cual significaba que me hacían un inmenso favor, indirectamente. Pasaron entonces por San Juan otros 02 Jefes por un cortísimo período hasta que llegó el que estaba definitivamente nominado, Sergio Arciniega, quien había efectuado su formación como Jefe de Planta en el verano anterior precisamente en San Juan y de quien hablaban pestes tanto sus colegas como los asistentes de la superintendencia (luego comprobé que esa forma de referirse iba dirigida a todo aquel que no estuviera dentro del “círculo sobón” del Superintendente). Yo ya había empezado a caer en el mismo juego faltoso incluso antes que él llegara como mi jefe (por ello mi 1ra impresión al saber de su pronta llegada no fue la mejor), pero bastó ser dirigido por él durante sólo un mes (noviembre) para saber lo equivocado que estaba: Sergio me mostró lo excelente que es como persona, jefe y amigo, e incluso “presionó” al Superintendente para que se me fuera asignado un cargo de mayor nivel que el de practicante. Y dio resultados, pues antes que culminara ese mes el Superintendente se apareció en la oficina de planta (Sergio no estaba) para comunicarme que tanto yo como Rodrigo Ugarte (gran amigo mío, entonces practicante en El Agustino) seríamos prontamente contratados como Asistentes Operativos, un puesto recientemente creado a la medida de las verdaderas funciones que, como practicantes, desarrollábamos día a día.
Pero no duré ni 15 días como Asistente Operativo… por esas épocas se iniciaba el boom inmobiliario en Lima y, sumado a los proyectos de envergadura que la concretera ya tenía comprometidos en provincia (Melchorita, Platanal), se hacía necesario incorporar más jefes de planta. Como formar un jefe no era una tarea sencilla (administrar la producción de concreto requiere de ciertas competencias especiales que sólo te lo da la experiencia), se decidió que tanto Rodrigo como yo pasáramos a ser jefes de las plantas que se estaban instalando precisamente en algunos complejos inmobiliarios en Lima. Recuerdo haber pasado por obras en Surco, San Luis y Bellavista en períodos cortos, hasta que otros practicantes fueron también “sumándose a la causa”. Al mejor estilo de Enrique Iglesias, “… todo pasó tan rápido, que ni cuenta me dí…”. Y eso no es tan fácil de sobrellevar para un joven de 25 años con poca experiencia en entornos complicados. Ser jefe de planta supone una exposición mucho mayor con stakeholders(*) diversos, lejos de la comodidad de un practicante. Sumado a que las obligaciones se fueron multiplicando (llegué a manejar 03 plantas a la vez sin que la Superintendencia mostrara el mínimo pudor) y que las condiciones no eran las mejores (trabajaba de 7am a 11pm, a veces 12pm ó 01am inclusive lo que me provocó una afección pulmonar por la exposición a la humedad limeña), la posibilidad de caer en algún error era inmensa. Y así sucedió. Y aunque la responsabilidad no era enteramente mía (nunca se llegó a analizar la verdadera causa raíz), aprendí que la cuerda siempre se rompe por el lado más débil: me comunicaron que mi contrato de 06 meses (que terminaba en mayo 2007) no sería renovado. Ni la intervención de Sergio (a título personal, ojo) logró revertir la situación. Con ello hice felices a todos los integrantes del “círculo sobón”, y aunque pensé en mandar todo al diablo sin esperar mi último día de contrato, decidí ser mejor que ellos y culminar dignamente mi gestión, incluyendo el traslape con el nuevo jefe (el cual había retornado después de haber sido invitado por el Superintendente a renunciar luego de dejarse robar una camioneta en una noche de discoteca, aunque la versión “oficial” decía que fue encañonado con un arma camino a su casa).
Sin exagerar, yo había planificado el resto de mi vida alrededor de lo que la concretera me ofrecía, y por ello no es difícil imaginar que el mundo se me vino abajo con la novedad. Mis padres trataron de animarme pero mi pesar era absoluto: nuevamente me quedaba sin trabajo y sin carrera concluida; nuevamente había que volver a empezar en desventaja (por lo menos, así me sentía). Mi liquidación me alcanzó para vivir sin trabajar 02 meses (no habría podido hacerlo, mis ánimos estaban en el piso), y cuando el bolsillo empezaba a pedir auxilio vi en un anuncio dominical que una organización educativa ubicada a sólo 03 cuadras de mi casa estaba solicitando asesores de matemática para escolares, preuniversitarios y universitarios inclusive. Era una manera decente de volver al plano laboral, además que me permitía ganar un salario prácticamente líquido al ir y venir a pie y tomar mis alimentos en casa. Recuperado el entusiasmo incluso me matriculé en 02 cursos de la universidad (para qué abarcar más) y hasta en el inglés a las 7am de lunes a viernes. La academia era una empresa familiar (colaboraban el papá, la mamá y los 02 únicos hijos, ambos varones) y no fue difícil, entonces, mantener un clima laboral de primera, muy distinto a las miserias sufridas en mi trabajo anterior. Pasó setiembre, octubre, noviembre y el año casi finalizaba con un buen desempeño mío en la academia y con la indicación de los dueños de planificar las actividades del año venidero. Me encontraba dictando una de mis últimas clases del año (recuerdo bien la fecha, 26 de diciembre) cuando sonó el celular y aunque mi política era no interrumpir una clase por una llamada (recibía muy pocas), me animé a hacer una excepción, y contesté la llamada que cambiaría mi vida… para siempre.
(*) interesados en un proyecto, actividad, etc.
… (esta historia continuará)